Aquel verano indio
La oscuridad comenzaba a rodear las
provincias y entraba en cada una de las casas como la novena plaga de Egipto,
cuando Ra también había perdido una guerra contra la oscuridad. Las personas
cerraban puertas y ventanas. Las calles de Santiago de Cuba estaban desiertas y
en la casa de los Matamoros, la servidumbre se santiguaba y rezaba por la
criatura que llegaría al mundo en medio del eclipse de sol más representativo
para la historia de las ciencias en el siglo xx. Solamente, y mientras todo el
mundo corría a esconderse, en todas las regiones tropicales donde se vería el
eclipse, en el bosque de La Habana, un hombre acompañado de un vidrio ahumado,
una vela, un espejo y una libreta con ecuaciones matemáticas, gritaba y danzaba
de felicidad, exclamando: ¡Él tenía razón! ¡Él tenía razón!