De las fake news al poder.
La irrupción,
poco explicada pero totalmente explicable, de la ultraderecha en el panorama
político occidental tiene un poco desconcertado al conjunto de la ciudadanía
democrática. No se trata del fascismo ni del nacionalsocialismo de toda la
vida, ni siquiera del franquismo. No se trata de nostálgicos –aunque los haya
entre sus militantes–, algo que facilita su penetración en colectivos jóvenes
necesitados de un líder que coincida con sus frustraciones y les descubra a los
«culpables» de sus carencias, además de percibir en sus ideas una innovación
política. Su discurso es anti-Estado y, claro está, defiende la privatización
de todas las empresas públicas que garantizan de manera equitativa la seguridad
del conjunto de la ciudadanía: áreas tan sensibles como sanidad, educación,
vivienda o pensiones públicas pasarían a poder de los grandes fondos de
inversión internacionales conocidos como fondos buitre.
Esta «nueva»
ultraderecha se encuentra, pues, en el cruce de un capitalismo rabioso y una
deshumanización de las relaciones sociales que permitiría la expansión sin
cortapisas de sus teorías. A ese respecto sí que hay un punto de encuentro con
el fascismo: la cosificación de quienes son distintos, haciéndoles responsables
de los estragos del sistema.