Elogio del peligro (Proposiciones, 2)
No hay nada
que temer porque todo es peligroso. Solo este aprendizaje podrá quizás
reconciliarnos con la prodigiosa amplitud del acto de pensamiento.
El peligro
nos rodea, habita en nuestro quehacer cotidiano y nos angustia cuando se nos
escapa. Ante esto solo buscamos una cosa: seguridad. Pero este reclamo no
proviene de nosotros, abrumados por la realidad que nos sobrepasa. El miedo es
ante todo un vasto proceso político de definición, en el que lo que está en
juego es ni más ni menos la posibilidad de una distinción entre lo pensable y
lo impensable.
En un texto
lleno de virtuosismo, en el que combina música y derecho romano, filosofía e
historia, psicoanálisis y teología, Laurent de Sutter nos recuerda hasta qué
punto temer el peligro es hacerse eco del temor de un poder para el que la
seguridad es la mejor manera de perpetuarse.
Elogio del
peligro permite mantener las puertas abiertas a la posibilidad y al registro de
lo probable. Es preciso, aprender a vivir con el peligro cada día, explorando y
ampliando nuestros propios límites, para poner en entredicho las fuerzas
soberanas que en pro de la seguridad nos constriñen. Nunca es a nosotros a los
que el peligro debe espantar, sino a los que les gustaría administrar nuestro
mundo como lo hace un propietario con su casa, de la que seríamos simplemente
ocupantes ciegos e impotentes.