ESTATE TANTITO

$290.00 EN STOCK
¡Solo quedan 3 en stock!

Con esa novedosa frase, que tiene apenas 2300 años, inicio el andar de este libro, convencido de que todos tenemos la capacidad, la voluntad, las ganas y hasta la necesidad de hacer filosofía sobre la vida, sus derivaciones y consecuencias, sus noches y sus amaneceres, sus dramas y sus renacimientos. Ya sea en la cantina o el confesionario, en el café de la mañana o en los mensajes que ahogan la telefonía celular, a los seres vivos —los muertos ya no lo necesitan, a menos que anden «en pena»— nos encanta dialogar, encontrar sentido, discrepar y a veces coincidir sobre cosas tan importantes como los nidos de los alacranes o tan simples como el producto interno bruto de Mongolia. Y como colaboradora fundamental en este objetivo, la palabra abre espacios buscando compartir enormes aportaciones y pequeñas tonterías, porque nuestra existencia está hecha de vocablos que nos definen y nos marcan ayudándonos a compartir ideas, recuerdos, afectos, tristezas, desviaciones depravaciones y otros asegunes. Tejer nuestro vocabulario nos vuelve a la vez individuos y parte de la colectividad.

Llevo varios años metido en este asunto de escribir diariamente para redes sociales, porque las avenidas que abren los medios electrónicos son utilizadas por muchas personas y no podemos dejar esos espacios únicamente para quejas, confrontaciones políticas, cadenas de oración y memes de todo tipo, aunque entiendo y acepto que así puedan usarlos quienes lo deseen, la libertad generalmente no discrimina. Pero yo he buscado hacerme un espacio. Con mi palabra me gusta opinar, expresar mis ideas, tertuliar, discrepar siempre es válida sin agredir nunca es aceptable e invitar a intercambios a los que solo les haga falta la presencia de interlocutores y una buena copa de vino. Publicando mi forma de comer las mandarinas no trato de estar de acuerdo con todos, sino compartir percepciones alrededor del espectro electrónico donde está hoy gran parte de la comunicación humana; satanizarlo es mirar con ojos de obsolescencia el futuro que ya llegó.