La sociedad del desconocimiento
Nunca
el conocimiento había sido tan importante y la vez tan sospechoso; nunca lo
habíamos necesitado tanto y desconfiado al mismo tiempo de él; nunca habíamos
depositado tantas esperanzas en el conocimiento como solución mientras se
convertía él mismo en un problema. La ciencia es fuente de la máxima autoridad
y siempre controvertida. Los expertos son para unos la tabla de salvación y
para otros los destinatarios de todas las iras. Mientras hay quien espera que
el conocimiento nos saque del error y la ignorancia, hay también quien teme que
nos esté conduciendo a los peores desatinos.
No
entenderemos la sociedad en la que vivimos si no damos una explicación adecuada
de este extraño antagonismo, que ya no puede ser entendido a partir de la
moderna contraposición entre la ilustración y sus sombras, como un combate
moral entre progresistas y reaccionarios, la clásica demarcación entre cuerdos
y locos. No está en juego la racionalidad y su contrario, sino una cierta
metamorfosis de la idea misma de racionalidad, que ya no puede definirse
cómodamente frente a su simple negación. Perderíamos una gran ocasión de
conocernos a nosotros mismos si descalificáramos esta incredulidad como una
reacción al progreso civilizatorio. Sólo entendiendo a los desconfiados,
temerosos, negacionistas, paranoicos y terraplanistas se puede entender la
sociedad en la que vivimos y el papel que el conocimiento desempeña en ella.
Entender no significa aquí dar la razón a quienes parecen carecer de ella, sino
explicar las circunstancias desde las que surge esta resistencia porque así
tendremos una idea más precisa de la racionalidad que rechazan.