La narración sigue el hilo fragmentado de un diario que supuestamente escribe Lucía y en el que plasma vivamente algunos momentos significativos de su pasado, en particular los relacionados con su padre y con su proceso creativo. Cuenta su biografía y su visión particular de toda una época de radicales transformaciones culturales y políticas, enmarcada entre las dos guerras mundiales del siglo XX. Nacida en Trieste, en 1907, en los años más duros de la familia, Lucía padeció la miseria, emigró de un país a otro, aprendió italiano, alemán, francés y desde luego inglés; asimiló el mundo artístico de su padre y su tiempo -música, ópera, literatura, dibujo, teatro- y quiso ser bailarina, como Isadora Duncan y otras figuras importantes que proponían la renovación de la danza. También confiesa aquí sus relaciones amorosas, en particular con Samuel Beckett, un romance frustrado, a quien todavía añora, porque el amor es una locura incurable y definitiva.
La novela confirma el diagnóstico oportuno de Carl Jung, quien la consideró como la femme inspiratrice de su famoso padre y percibió el fondo oscuro de su destino. Sola y abandonada, su mayor obsesión es escapar. Volar en busca de su padre, enterrado en el cementerio de Fluntern, en Zúrich, y de quien nunca pudo despedirse. No hubo entonces, ni habrá jamás, porque ambos existen en la dimensión extraña de sus propias realidades. Allí la descubre Sofía Buzali, con el trazo brillante de la imaginación, para que vivan siempre en el abrazo inmortal de la literatura y en el reconocimiento devoto de quienes saben que el arte es la huella imborrable de la pasión y el ser.